El voto en Palermo: una prueba de credibilidad entre venenos y sombras

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Y así finalmente vamos a la votación.
Pero si los sicilianos de 120 municipios (más todos los que quieran expresarse sobre los referéndums) son llamados a las urnas para una prueba nada desdeñable en la perspectiva regional de otoño, es en Palermo donde los focos de atención no solo en los medios están enfocados.
Con el rosanero 35.000 aficionados arrastrándose esta noche hasta la Barberá y quién sabe cuántos cientos de miles los mantendrán pegados a la tele.
Con la página web del municipio capital regional boqueando por la picadura de los piratas informáticos y allanando el camino para el abandono de quienes deberían renovar el certificado electoral y temen sudar en la cola del mostrador.
Con las temperaturas abrasadoras que llenarán las playas fuera de la ciudad.
Con la fuga de los cajeros que está dejando muchos asientos desprotegidos y en aprietos.
Con el uso de la mascarilla que en los colegios implicados -donde sigue siendo obligatorio para los niños y el personal- solo es “fuertemente recomendable” (lo que francamente no quiere decir nada) para votantes y votantes.
Y, por último, pero no menos importante, con las sombras finales peores que los venenos iniciales.

Porque como quiera que se dispare, es claro que las elecciones de hoy en Palermo adquieren un valor que va mucho más allá del ya importante peso vinculado a la elección del sucesor del ahora ultrageneracional ex monarca Leoluca Orlando.
Está en juego la credibilidad del sistema político local, así como su propia resistencia ante la posible permeabilidad mafiosa que sugerirían las detenciones de esta víspera al rojo vivo.

El Palermo de las emergencias y la indecencia urge una sacudida administrativa imparable -después de la cuantiosa hambruna de los últimos años- que corre el riesgo de chocar no solo con el estreñimiento dramático de sus finanzas, ya de por sí desoladoras.
Lamentablemente, los informes judiciales y policiales de la última semana nos dicen qué más.
Pero es precisamente la gravedad de los hechos en cuestión lo que exige un examen lo más libre posible de fanatismos preconcebidos y extremismos populistas.
“Sombras mafiosas en el voto” titulábamos ayer sin titubeos ni titubeos en primera plana, antes de adentrarnos en la noticia y las consecuencias investigativas y políticas de la segunda detención de un candidato pillado alegremente en compañía de un líder de una banda.
Y es un hecho.
Quienes intentan negarlo, se hacen más daño a sí mismos que a la irrefutable verdad de un axioma: si un candidato que se presenta a la ciudad habla primero con una mafia declarada para arrebatarle unos votos, entonces esos mismos votos apestan de inmediato.
Y pedirán servicio mañana.

Dicho esto, sin embargo, hay un hecho que aparece igualmente sustancial en estos dos hechos, muy similares entre sí: parece que no estamos hablando en absoluto de la mafia que coloca sus peones en el tablero de ajedrez de listas consideradas más o menos “penetrable” para entrar a los palacios del poder por la puerta principal.
Y ciertamente no porque no tenga la fuerza (“La Cosa Nostra todavía tiene una capacidad impresionante para atraer consenso”, subrayaron los investigadores en los últimos días, al margen de una de las dos operaciones), sino porque probablemente la política de nivel medio ha convertido en un momento ahora menos estratégico para los altos fines corruptores del crimen organizado.
Sobre todo cuando hay que administrar dinero, cultivar intereses y alimentar clientelas.
En definitiva, no se tratan de sillones, sino que se opta por la connivencia, la colusión, la corrupción, quizás más orientada hacia los mecanismos y ganglios burocráticos-empresariales, a los que ahora se reconoce mayor poder que el atribuible al político barrial, muchas veces más matón.
que funcional.
Y sin embargo, si este último llama a las puertas de la mammasantissima de turno para suplicar apoyo -como parece haber ocurrido en los casos de Pietro Polizzi y Francesco Lombardo- quizás un más o menos sí también lo recoja.
Todo esto para decir que no es la mafia dominante la que busca al partido complaciente, sino el único candidato problemático el que busca a la mafia generosa.
Tan serio como, por el amor de Dios.
Pero menos sistémico.
Es más, si todavía hay que dar credibilidad a este jueguecito de la lista de vetados de los impresentables de la comisión Antimafia -y francamente nos permitimos algunas dudas- ahí tenemos una prueba más.
¿Los dos detenidos? «Muy presentable», según Nicola Morra.
En cambio, otros cuatro nombres son quemados en la hoguera, según parámetros cuestionables.

En todo caso, los venenos de la llamada “cuestión moral” estallaron -quizás incluso bases sólidas, pero con picos de explotación desmedida- en los calurosos días cercanos al 23 de mayo han dado paso a las sombras creadas por el tintineo de las esposas.
Si, cómo y cuánto afectará todo esto a la votación de hoy es un asunto que con gusto dejamos para el resultado del conteo del lunes.
Cuando los ganadores y los perdedores lo lean cada uno a su manera.
En la esperanza de que, más allá de las banales conjeturas y los tímidos teoremas programáticos de esta víspera, quiénes serán llamados después de Orlando (hoy o tras la segunda vuelta del 26 de junio), asuman el compromiso imprescindible de trabajar desde el primer minuto hasta la eliminación de esas sombras que han oscurecido el camino a las urnas pero que habrá que barrer un enano segundo después de lucir la codiciada (pero ¿será realmente tan codiciada, en estos días y con estos claros de luna?) banda tricolor.
Y en ese momento finalmente puede explicarnos cómo querrá sacar a Palermo de los bajíos de gestión en los que yace insepulto.
Como aquellas mil y más de sus muertes de la ignominia de los Pergaminos.

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